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domingo, 12 de febrero de 2017


LA REVELACIÓN 



El acontecimiento (el inabordable acontecimiento) capital, tuvo lugar para mi desventura, hace unos siete años, hacia finales de abril o comienzos de mayo. Ocurrió, creo, dado que ya no sé si ocurren las cosas, en un departamento de la calle Méjico, aunque tampoco importe dónde. El tiempo y el espacio se han roto. Siento mencionarlo ahora con infamia y recelo, con extrañeza; con un dejo que no es ni me fue propio, como si no me hubiese ocurrido a , sino a alguien que no fui yo, a un sueño mío o a un sueño de otro o ambas. Sin más, no tengo otro ofrecimiento que la desgarrada injuria. El reproche no me sirve, pero el tedio de comunicarlo tiene un objeto. Cabe un minucioso propósito. Referiré mi propósito acaso más arduo que mi castigo: no busco hospitalidades, piedad ni el juicio. Narrar lo sucedido quizá me ayude a olvidarlo. El temor a correr el albur de enfatizar el recuerdo es harto menor a la empresa de querer redimirme de esta pesadilla. Procuraré que mi memoria no desfigure los hechos o, en lo posible, procuraré no advertir que he desfigurado los hechos, lo cual supongo que es lo mismo. Nunca lo conté a nadie. Ningún cercano lo sabe. No caer en confidencias patéticas ha sido una valentía a la cual me he sentido digno y honroso por bastante tiempo, pero a la cual me niego hoy. Hacer público el hecho, de algún modo me duele, ya que siento que es una forma de la desesperación y la insensatez, pasiones a las que trato de ignorar. Exento estoy de aportar a los lectores algún influjo de literatura, debido a que ya no puedo creer en la literatura. Me esforzaré, seguramente sin fortuna, por no agregar a los episodios, mi consabido sentimentalismo circunstancial. 
Alguna noche de marzo del año 1984, Francisco Lyndd se presentó a mi puerta. La visita me desconcertó no sin intriga. No temí ni sospeché nada de lo que me fue deparado ese día. No se lo veía como siempre, alguien más bien soberbio, dado a la exasperante inquietud de la necesidad de demostrar algo o de demostrárselo a mismo. Se lo veía sencillamente aniquilado, pulverizado, reducido poco más que a nada, como si estuviese sumido en un pobre caos irresoluble. Noté que había bebido mucho. Me prometí que ésta no me la perdonaría y lo hice pasar. Mejor dicho, mi indulgencia y mi resignación lo hicieron pasar; yo no. Tuve que ayudarlo a caminar mientras murmuraba cosas que no le . Creí primero que estaba ejecutando una actuación deficiente pero no encontré la razón de cómo es que había llegado caminando hasta acá. Lo dejé en una silla. Al llevarle una copa de agua y al cabo de irreverentes minutos, comenzó con las ociosas incoherencias que tratan acercar a los que difícilmente acercarían la sobriedad. Las trivialidades no cesaron, pero sin embargo tenían un punto lúcido. Luego comenzó a llorar. No supe qué hacer y pregunté qué había sucedido. Pensé en una respuesta posible, que nos habría llevado al mismo cadalso. Mi ansiedad no quiso comprender por qué me lo contaba a mí. No me sentí coronado: lo sentí a Francisco tan derrotado como yo. Ciertamente me conmovió, y me imaginé llorando como lloraría él. Me llené de compasión y de una perversa gratitud. Entre los incesantes sollozos atinó a balbucear varias veces nombrando a Rosario. Me sentí aún peor, debido a que se confirmaba la vaga suposición, y ya dilapidados y rechazados por igual, resultaba una suerte de victoria sentir pena. Puedo decir que fue una suerte de escasa victoria que no duró. En ese momento vociferó acongojado y mirándome:  

Falleció Rosario. Falleció hoy y no pude hacer nada.  

Primero experimenté la fría sensación de lo irrevocable de la muerte, luego la sensación de estar siendo embaucado, y luego la consternación. Le pregunté si era verdad y si no me mentía. Asintió pidiendo consuelo. Como atribuyéndole la culpa, pregunté severamente, como una amenaza, de qué había fallecido. Arguyó que de muerte natural. Me costó creerle y al instante me obligué a creerle. En poco dilucique no podía estar mintiendo. No vi en el alcohol ni en su bochorno algún motivo para que mintiera. Reparé en que estaba viendo al hombre al que Rosario vio por última vez; pensé en un cuchillo, pensé en matarlo, pensé cómo y dónde enterrar el cuerpo y pensé que la empresa sería poco factible. Oculté sin una palabra, acaso demasiado bien, mi amargura, pero no mi clemencia. Una débil clemencia, por supuesto. Qué importaba ya la clemencia y Francisco. lo para que creyera que ella ya no me importaba y que ahora se encontraba desamparado en el dolor. Quizá lo sorprendí con mi leve reacción. En momentos temí parecer indiferente hasta el punto de lo incivil. Nada más recuerdo de esa noche. No recuerdo tampoco mo es que salió a la calle.lo recuerdo que el insomnio me desbarató y no logré dormir, agrietados los ojos de tanto llorar.  
La mañana siguiente fui al velorio. En vano me arreglé. La incredulidad en estos casos es una forma trágica de la esperanza. Se diluye, es de prever, cuando se siente físicamente al ausente. Al verla lo sentí. Sólo ahí comprendí todo. Ya es verdad que no regresará, ya es verdad que no me está percibiendo, me dije. Poco o nada me incomodaron las diferencias con su familia y tratarlos después de tanto tiempo. Incluso accedieron a ser compadecidos sin esfuerzo. Creo que no quise acercarme demasiado al ataúd, pero pude ver su perfil: ese perfil que tantas veces he besado y del que seguía abrumadoramente enamorado. Francisco Lyndd rehuía las conversaciones y rehuía las caras. No me miró en toda la mañana, acaso arrepentido por su docilidad. Creo también que tampoco me saludó. Traté de sobrellevar mi ánimo en ese ambiente pero no pude. La observé en silencio y me dije con timidez por dentro: “Ésta es la última vez que te veré, mi Rosario. Te amo hoy y siempre. No me importó la cortesía y me escapé sin despedir a nadie, ya con una lágrima en la mejilla que supe secar al salir. Sabía que ella ya no sería capaz de saberme triste o de sentir mi tristeza. No pocas veces incurrimos en la vanidad de ser desdichados sólo para generar piedad. Más para que nos adviertan que para que nos consuelen. ¡Oh de mí! lastimosamente éste no era el caso; creí que moriría de tristeza, pues ya no me interesaba vivir. Me ahondé en la infausta tristeza. Rosario ahora era lo inalcanzable, lo que nadie puede atender, sino en la plástica memoria. Rosario no repetiría lo extraño de las palabras y del sentir. No repetiría mi nombre ni nada del mundo que podía alcanzar yo. Ahora, del otro lado de nosotros, ciertamente se encontraba experimentando lo extraño de cesar, ese otro sentir que no se parece a nada. Luego de andar unas pocas cuadras recurrí a la nostalgia de estar en algunos lugares donde nos habíamos amado, memorables y sagrados por demás. Dediqué todo el día a ese itinerario. Me senté en el exacto banco de Plaza Francia donde nos besamos por primera vez; a metros, recorrí las baldosas que pisamos juntos y de la mano, mientras me decía a los ojos que me había extrañado en toda la semana; rodeé el rojizo paredón de la Recoleta y recordé que ella me había revelado el método arcaico de pintura de la Casa Rosada;  me detuve en la esquina de Pasteur y Rivadavia; vi la cúpula que sabíamos adorar en una esquina de Avenida de Mayo; me detuve en la esquina de Callao y Santa Fe, donde nos encontramos un reloj de pulsera en el asfalto; recorrí la Plaza Rodríguez Peña, donde me acarició la boca y me besó mordiéndome (recuerdo aún el intenso dolor y su risa); busqué y no encontré, nuestros dos nombres dentro de un corazón, en un mármol de la calle Talcahuano; recorrí con devoción el sendero de la Costanera Sur; recorrí Alem donde me había tropezado y reímos como dos chicos, toda esa tarde; en la calle Olazábal, donde nos conocimos, creí verla; entré en la estación San Martín del subterráneo donde, alguna vez, nos despedimos de una manera tan dulce; palpé la persiana de hierro donde me apoyé, y donde nos despedimos para siempre. Sentí con rencor la inevitable llegada de la historia hacia la historia de su amor por Francisco. Sentí también el perdón y la lástima de que Rosario ya no pudiera recordar nada de esos lugares, ni de sus matices, siquiera con resentimiento. Al llegar a mi departamento creí sentir su perfume. Discúlpeme el lector, por la insolencia de relatarle estas sensibilidades. Las personas son propensas a aceptar excepciones y a omitir adulaciones, pero yo no lo he logrado nunca. 
En esos días recaí en la depresión, y eso, de algún modo, quería justificarme. Así gradualmente he pasado a ser un mero antagonista. Me volví hosco, intratable, difícil. Pensé en matarme o que me maten. Pensé que nadie se acordaría de mí, como yo de Rosario. En vano postulé métodos suicidas que por cobardía no concluí. Con fervor y también con agudeza, me imponía a la tarea de imaginarlos; los detalles parecían mitigar las largas y desiertas horas que antecedieron al encuentro, indecible de lo atroz, que prometí narrar. 
Promediaba o finalizaba abril luego lo supe y me veía en mi derruida habitación. Las paredes ya me vivían. Sin obstinación podía prescindir de los días y de las noches, de asomarme siquiera a la vereda, de las bondades de la amistad. Muchas veces jugué a que cada uno de esos días equivalía a un año, y así el fin no estaría lejos. Dado un momento, de tantos otros momentos iguales, con una esmerada voluntad, mi vigilia se perdió en el sueño. Recuerdo que me soñé en una especie de recinto que era una litera y, a la vez, una amplia carretera. Era por lo visto, también, una casa de mi infancia. Me sentía asustado pero íntimo, invulnerable. Luego unas voces se confundían con los truenos, que me asombraban y relucían. Gradualmente, todo se transfiguró en dos palabras que no supe leer ni entender y que se fueron perdiendo mientras yo no pude llegar a un lugar que no sabía cuál era. Para mi desilusión, bruscamente me despertaron unos ruidos en el comedor, de algún cristal quebrado. Alarmado vacilé, pero luego fui a examinar con desdén. Ahora sé que nunca tuve que haberlo hecho 
Que Dios me guarde y proteja. Puedo deliberadamente reconocer que no sé cómo contarlo, no sé cómo me atrevo a contarlo, ni sé cómo sobreviví a eso, si es que sobrevivir significa algo. El horror sobrevino; el más descarnado terror arreció; la más repugnante de las sensaciones y el más violento de los tormentos se hicieron con mis nervios; el malestar fue inmediato. Nunca veré ni experimentaré algo igual. Nada me infundió tanta impresión: Agazapado en el suelo, del extenso aproximadamente de tres o cuatro metros, y del color opaco del vidrio turbio, se encontraba ocupando casi todo el comedor, un insecto de cuerpo ancho, ovalado y aplanado con sus largas antenas lisas que respondían con inquietud. No sabría describir mi reacción, dominada por el total espanto. Toda descripción es fútil, estéril. ¿Cuál habrá sido mi cara? No lo supe ni recuerdo haberlo sabido. Sólo no entiendo por qué no acerté a pedir el desesperado auxilio necesario. Tampoco entiendo cómo es que no me desvanecí por la tensión. Creí estar literalmente paralizado. Presentí que sólo podía pensar. Cerré los ojos y rogué despertar en prisión, en mi cama, en un manicomio, en el infierno o en cualquier otro lugar que no fuera ese. No quiero ser yo y no puedo ser yo, me dije. Despertaré y contaré a todos ésta pesadilla”, insistí sin elocuencia. Sólo logré frágiles destellos de páginas sobre Descartes, sobre el áspero alemán del Die verwandlung y de la palabra Alp. Abrí mis temerosos ojos, pero seguía ahí. Lamenté mi conciencia, me desmoroné en vida. Hasta el más tenue de sus movimientos daba sonido. Oí hasta su exoesqueleto moverse, un sonido a tinta y tejido y cartílago. Cada segundo me lastimaba como ningún dolor que haya tenido. Las espinas de sus extremidades parecían dejar todo a su merced y deformar los azulejos. El insecto se encontraba de costado, no enfrentándome, como ignorando lo que quedaba de mí (pero sabiéndome muy bien). Sus alas parecían intentar agitarse. Emitió al fin un vasto e infinito zumbido o un movimiento parecido a  una suerte de vibración, que me develó los designios y la sustancia del universo. No fue una palabra, ni una letra, ni millones de palabras, ni una letra que comprendiera un todo, In extenso. Pero aún así pude entender cada inflexión. lo me fue concedido como si se tratase de un milagro. Fue, simple y complejamente, un soliloquio que a la vez era un intercambio de posiciones, donde no intervine o creo no haber intervenido pero donde existía una refutación que yo no argumentaba y nadie argumentaba, y donde las vicisitudes de la existencia me fueron abruptamente dadas; como ver una larga y triste partida de ajedrez. Con silencio lúgubre pero entre el trajín, la algarabía, de rumores inhumanos, el insecto dictó (lo interpolo a un idioma: el español): 

La vida y el cosmos sólo son el Déjà vu de una cucaracha. Todo lo que ves y tocas es producto de esa actividad. Nada lo ves y nada lo tocas. El percibir, con lo que se traduce a sentidos, no es nada. Creíste que la vida es lo terrorífico de tener huesos, pero no los tienes. No hay huesos ni amor. 
Alguien retrucó asustado: 
 El amor sí existe y todo existe, yo siento todo y lo externo puede sentirme. La realidad existe. 
El amor es una rara ilusión; una circunstancia o una cadena de circunstancias formadas de pretextos bañados por el Ego. Lo externo no existe. Es una mera coincidencia de sensaciones; la física y la arquitectura son imposibles; el agua y la sombra son imposibles; las lenguas y las fotografías son imposibles. Las formas de todo lo que se percibe físicamente son convergencias y divergencias de deseos, apreciaciones y de signos absolutamente desligados de un fin y de tu voluntad. 
Despertaré y te habré olvidado gritó el otro. 
Todo lo que sucedió y sucede es Ahora. Ahora está pasando Siempre y pasó Siempre. No hay despertar ni mañana ni olvido. 

En ese momento el pesado insecto volteó y me enfrentó con lentitud sin acercarse. Nada significativo puedo agregar a mis temblores y a mi pánico, que no decayó en todo ese tiempo. Luego sentí un corte en mi frente que no supe cómo ocurr del que brotó perfecta y cálida sangre. Me pasé la mano y la miré; creí observar la historia de todas las ootecas allí. En instantes la sangre ya me había ofuscado la vista. Me desplomé, en un vértigo eterno (sentí en la caída la duración de varios millones de lustros), sobre el suelo. Traté de recomponerme y de vigilar al espécimen pero ya no estaba. Me agobié reparando en que mi frente ya estaba curada. Ningún vestigio de cicatriz encontré. Mi terror y mi desconcierto no fueron más que mi fatiga corporal, insana. Recordé, imprudentemente, al accidentado marinero de Poe, que ha atravesado el Maelstrom. Pero, luego de esto, ¿Qué era Poe? 
Me arriesgo a decir que el encuentro duró pocos segundos, o acaso un segundo. Bueno, tal vez no existan dichos segundos y sea una cifra que ofrecen las matemáticas y los astros estudiados por los humanos. Pero no tendría que arriesgarme a nada. No tengo acceso a ningún síntoma de la realidad.  
No recuerdo exactamente qué fue de mí en los hechos posteriores. Recuerdo como retazos de algo: yo mirándome al temido espejo y repitiendo en voz baja palabras confusas; quizá sin hilo o quizá con el sentido suficiente para que yo no las comprendiera. Fue curioso e inentendible que al próximo o a los próximos días, no viera ningún cristal esparcido por el suelo. Juro que los había escuchado y visto. Busqué por todas las salas algún vidrio sin encontrar nada. Sin embargo, en el lugar donde se había posado esa cosa, noté el suelo diferente; estaba erosionado y en parte quemado. Ensayé pisar con asco y miedo tardé semanas en armarme de coraje. No lograba moverme adecuadamente al pasar por donde había estado el insecto, ni a pronunciar de ningún modo la letra “D”. Como si ese preciso lugar estuviese infestado por otra dimensión. Temí un artilugio, temí la magia, temí mi cerrazón, temí un sueño, temí que yo ya estaba muerto, temí haberme suicidado sin darme cuenta. Descarté todas las conjeturas. 
Pensé en esa supuesta revelación día tras día. Me mudé, busqué refugio. Hasta pensé en prender fuego ese departamento de la calle Méjico, llevarlo a las cenizas. Más por sentirme un rebelde de la Omnipresencia, que para ser un fugitivo de leyes terrenales. Aún así llevo la grave culpa de tener huesos. Sigo queriendo creer en el tacto de los ciegos, en el sentido de las escaleras, en la prematura muerte de Rosario, y en tantas otras cosas. No me alegra en absoluto pensar que los gestos de ella fueron un espectro, un simulacro, un mecanismo de una actividad mental vedada a todo entendimiento racional. Espero no hacerme caso. No necesito dudar de todo esto. Me he prometido creer en el mundo. Me he prometido creer en mi nacimiento y en mis desventuras. Ojalá el olvido se acuerde de mí. 









Alan Crispo, La revelación 
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