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lunes, 7 de agosto de 2017



LA MUERTE

A Eliana Aguirre

Ni la difícil, la demasiada pero no infinita arena que domina cada secreto punto de cada uno de los desiertos del mundo (todas las áreas del desierto son secretas); ni todas las venas con su sangre que cedieron a la espada de legiones que seguirán siendo polvo; ni toda aquella arquitectura que fue sometida al vestigio, al olvido, cual perdida Cartago que fuimos todos; ni el peso de todos los océanos apropiándose de naves y de tierra; ni desde que en el tiempo ocurre la muerte; ni el cúmulo de todos los sueños soñados por los hombres desde que el primero sintió esa confesión que es el soñar y que nunca había sentido; ni la experiencia o imaginación de cualquier dolor físico o sentimental de nuestro pobre destino humano. Todo lo mencionado, y mucho más todavía, correrá la suerte de ser un indigno pormenor equiparándose con los estados del cosmos. En vano incurrir en la extensión de una serie que no puede ayudarme, que agravará las cosas, debido a que nada de lo que ha tocado y forjado cualquier ser mortal, que pueda ser cuantificado u obtenido por las situaciones  de la conciencia, podrá jamás semejarse con los sucesos siderales que advinieron desde que el universo es: todos los sucesos desde su singularidad inicial. Esta afirmación es una suerte de consuelo, de humilde consuelo. Creo, sin mucha esperanza, que este exordio servirá como tema en las vicisitudes de lo que relataré, por lo cual insistiré en ello luego.
Dado que al evocar un evento del pasado en realidad estamos recordando la última vez que lo hemos recordado, es decir, su espectro, su huella en la memoria y no el evento en sí, el relato estará indisolublemente sometido a insignificantes variaciones y agregados imperceptibles que jugarán un papel trivial. A lo largo de estos meses, desde lo ocurrido, nunca me he dispuesto a exponer el drama, pero sospecho que el tiempo no me deparará alivio alguno. Todo se avivará paulatina y oscuramente. Por lo tanto, ahora poco importa si decido reservármelo o no, pero lo inusual del caso, al menos en mi vida, amerita que sea registrado. 
He vivido en esta misma casa desde que nací. En el patio que ha sufrido culposas modificaciones: mis horas mirando los rojos ponientes complicados por los árboles. En el cantero frontal: mis amistades que se siguen perpetuando. En el balcón: la serenidad de las noches y Schumann. Siempre me he jactado de tener un afecto sentimentalmente exagerado con los objetos, ya que son y serán el material que condiciona nuestra conducta y nuestra relación con el tiempo, son el material que arguye el camino que somos en este instante. Así crecí y conocí el amor, como lo pueden conocer todos los hombres. Y así tuve la suerte de ser correspondido. Nos casamos en la primavera de 2011, muy jóvenes los dos, sin ostentosas ceremonias. Mis padres, condescendientes como lo han sido siempre, propusieron que nos instaláramos en casa hasta encontrar nuestro lugar. Ninguna incomodidad existía, ya que nuestro dormitorio dominaba toda la tercer y última planta, y en él, teníamos todo lo que necesitáramos. Pero nadie pudo siquiera intuir que aquel período estaría plagado de adversidades. Creo que desde aquel entonces comencé a objetarme que el mundo sólo existía para resguardar y confirmar el sufrimiento de nuestra condición humana. Mi padre enfermó de gravedad bruscamente y cayó postrado. Yo pude sentir su tortuosa agonía como si la estuviese sintiendo con mi propia carne, segundo a segundo. En la tenue penumbra lo oíamos llorar todas las noches, disculpándose por su destino. Preví que la culpa de no poder seguir viendo los progresos de la felicidad de su hijo, lo arreciaba, lo reducía. Ningún hospital, ningún médico calificado pudo hacer algo, lo cual exigía nuestro desesperado amparo casi por completo. Pocos días después la amargura adquirió otra dimensión y lo vimos morir con los ojos puestos en mí. Su mano dejó de apretar súbitamente la mía. Para siempre. Nunca más su voz. Nunca más una persona que nos amó.
La idea de que yo haya sido su visión última me acobardó, y su tormento aún sigue en las insondables horas de insomnio. Decidimos no velarlo; no lo resistíamos. Semanas después viajamos con mi madre y Constanza a Reggio di Calabria. En un día despejado como cualquier otro, un bote nos alejó de la costa y, cumpliendo su íntimo deseo, esparcimos sus cenizas en el Mediterráneo.  En aquella estadía pude conocer a algunos parientes de mi línea paterna. Fue extraño advertir que compartíamos una misma sangre y ahora una misma pérdida. Al volver a Buenos Aires, me sentí desorientado. Me sentí frágil. Comencé un período de disuasión involuntaria deliberadamente sombrío. Velé por que sus pertenencias permanecieran intactas en donde las había encontrado. Entablaba largos simulacros de conversaciones con él. Mis comportamientos lo incluían en todo. En la mesa, los platos siguieron siendo cuatro. Me negaba rotundamente a hacerlo desaparecer por completo. Seguía planteando, de una manera virtual y silenciosa, que él existía. Según la psicología, en estos casos, la negación se trata de un proceso ineludible. Mi madre y Constanza interrumpieron mis variables actuaciones sosteniendo que no necesitaban agregar más calamidades a lo sucedido, que todos necesitábamos reconocer el comienzo del duelo. Fue entonces cuando pude ser objetivo y sentí el pánico de haber perdido mi control. Abandoné esas injusticias que con fervor ejecutaba e intenté seguir sus consejos.  Desde allí fingí la estabilidad para no preocupar a otros.
Cierta noche soñé a mi padre con la precisión de la lucidez. La escena me agitó. Yo lo veía muerto desde lejos y sus ojos estaban blancos. Las luces derribaron nuestros huesos y nos separábamos en una tiniebla. La noche siguiente, y también la siguiente, lo mismo. Una y otra vez lo soñé sin alteraciones. Su repetición fue pasmosamente exacta. Aquel vértigo no se deformó con ninguna otra sensación. Mi madre lo lloraba todas las mañanas. Puesto que creí poder aumentar el malestar, no conté nada. Tratamos de contenernos entre los tres. Pero no eran pocas las veces en que las contenciones no hacían más que destacar la herida, de estimularla y mantenerla de una manera cíclica, casi inagotable. 
Los meses siguieron. La llegada del nuevo año fue difícil. Procuré refugiarme en cosas que me apartaran de las memorias. Me propuse estudiar el idioma ruso, que hace tanto lo anhelaba, pero tímidamente supe que fracasaría. Incluso pude sentir que esa  arrojada elección se dio para garantizar que todo sea en vano. No encontré el entusiasmo juvenil con el cual me he volcado alguna vez al estudio del japonés. Sospecho que el proyecto fue un mero artificio de las ansiedades mentales para no encontrar conflictos que no fueran  un ejercicio intelectual. Tuve el temor de que nada me conmoviera nunca más. Ya comenzaba a expresar cierta vergüenza sobre mi debilidad. Constanza me ayudó, lograba serenarme. Ella nunca había conocido a sus padres, quizá siempre había sufrido una amargura similar, y hasta más caótica. Me defraudaba sujetarla a esta situación. Pero el calvario encontró la forma de incrementarse.
Yo seguía empleado en una oficina de la avenida Entre Ríos. Llegaba tarde a mi casa, como todos los días.  Mi madre y Constanza no estaban. Nadie atendió su teléfono y no insistí. Ya he dicho que mi dormitorio dominaba la tercera planta. Cené allí solo. El sopor me venció y dormí. No recuerdo qué soñé ni cuánto. Desperté en la madrugada y seguí sin encontrar a nadie. Recorrí la casa, me desesperé. Quise volver a llamarlas y el teléfono sonó. Del otro lado, con voz lenta y calma, alguien necesitaba corroborar si se estaba comunicando con familiares de Constanza Salgueiro y Patricia Celiz. Temblé, esperé lo peor. Le dije que sí, que se trataba de mi esposa y de mi madre. Se aclaró la garganta y comenzó una frase cargada  y gradual que sombríamente adiviné. Todo sucedió desgarrado, abrumador, excesivo, rápido. La concatenación de un hecho sólo es una medición conceptualizada por un espectador consciente. Luego se identificó como un suboficial de la policía federal notificando que ambas habían sufrido un accidente automovilístico de gravedad. Se temía que no pudieron auxiliarlas, el choque resultó ser mortal. Los cuerpos de auxilio hicieron todo lo posible y que en estos momentos, ambas se encontraban en el hospital Fernández. El mundo se me desmoronó. La vida me fue; esto es todo. Ahora la fábrica del tiempo incidía en mí, específicamente. Entré en shock. Intenté negarme a creer lo que oía. Experimenté, de una forma casi física, la extrañeza que sólo se otorga en los sueños. Experimenté una aturdida carga en la realidad próxima. El ambiente se tornó insoportablemente tétrico como para poder referirlo. El hecho era demasiado para ser tangible, lógicamente factible. Me sentí alejado de lo que he sido siempre, de cómo he recibido lo endeble del vivir. Miré alrededor, las lágrimas me cerraban la vista buscando alguna falencia, alguna anomalía entre las cosas. Con un hilo de voz le insistí en que tenía que haber una equivocación, pero me deletreó las cifras de la patente, disculpándose. No soy creyente ni lo seré, pero en ese momento imploré a Dios que por favor no sea cierto.
A pesar de las altas horas, un amigo me facilitó hasta el hospital. Traté de ocultar mi congoja. Mi desazón no debía incluirlo. Me presenté en la recepción y preferí que no me acompañara. En la sala de espera no miré a nadie. Aquellas tamizadas paredes blancas supieron ser tan impersonales como lo serían otras tantas en cualquier parte del edificio. Todo allí era escaso y amenazante. Un médico se me acercó ratificando si era Alan Crispo. Mi suplicio continuaba. Esbozó que el impacto les había producido la muerte inmediata y todos los métodos de reanimación fracasaron. Ahora necesitaba a quien se preste a reconocer los cuerpos y me hicieron esperar. Ciertamente ya no me quedaba nada. Condolido sufrí lo que no he sufrido en todos los días de mi vida. Llegado el momento me condujeron por un pasillo de luces débiles. Comencé a temblar, sentí el vértigo del desvanecimiento. Me recomendaron que no entrara si no lo consideraba prudente, pero el estrés era profuso y abrí las puertas. El recinto era liso, frío y alto. Sólo contenía dos camillas yuxtapuestas con las siluetas en ellas. Me acerqué a la primera camilla con paso impreciso. Un médico le descubrió la cara.  Ahí reconocí a mi madre con heridas en el cuello y las mejillas. Rompí en un desconsolado llanto. Sollozando dije que era mi madre y cubrieron su cara de nuevo. En la segunda camilla descubrieron la cara de Constanza. Su cara había quedado desfigurada. Un grave y ancho corte corría desde la sien hasta la comisura izquierda de la boca, que dejaba ver los dientes, y la nariz fue arrancada casi por completo. Me horroricé. No podía creerlo, las heridas me desequilibraron. Pude sentir que el cuerpo era inherente a la sangre. Miré a los médicos insinuando que era negligente mostrarme esto. Los inquirí con la mirada a cada uno y me preguntaron de un modo apacible si se trataba de Constanza Salgueiro. Les dije que sí acercándome aún más sobre el cuerpo y murmuré algo que no recuerdo. De su muñeca izquierda desaté una pulsera roja que ella usaba. Las lágrimas vuelven mientras escribo esto. Me despedí de ambas y la volvieron a cubrir. Ya no están ahí, pensé. Sólo son una materia efímera que no me alude. Uno de los médicos me sonrió de una manera socarrona, deliberadamente inoportuna, mientras otro comenzó a sonreír exageradamente de la misma manera. Quedé pasmado mirándolos mientras salía; me siguieron intensamente con los ojos sin decir nada e hicieron un lento ademán saludándome. Con las circunstancias comenzó el álgido malestar. Aquellos pasillos me infundieron el color de la pesadilla. Corrí como pude a un baño y devolví. Ahí sentí que se habían estado burlando de mí. No puede ser, todo esto parece un sueño, me dije.
Al igual que con mi padre, no hubo velorio. Ambas fueron enterradas en la Chacarita, en nichos contiguos. Abandoné el empleo y me dediqué a destruirme. No descarté las posibilidades del suicidio. Conseguí un revolver, pero no aclaré con qué fin. Postergué mi visita al cementerio para no hacerla melancólicamente inmediata. El cerebro es mucho más sensible a recordar eventos que se ejecutan por vez primera. Me esperó un largo tramo hasta la galería once. Allí abajo, desde los corredores, me llegaba el rumor de las plegarias. Miré ambos nichos con sus bronces; luego miré las fotos en el mármol de un nicho que no conocía. Creo poder recuperar algo de su inscripción que nunca olvidaré:

A RAFAEL FERREYRA
SU FAMILIA Y SUS AMIGOS
15 DE ENERO DE 1869 - 26 DE JULIO DE 1941

Pensé en aquel hombre. Pensé que nunca se hubiese imaginado que en el año 2012, setentaiun años después de su muerte, un joven llamado Alan Crispo estaría contemplando su tumba. Toda su vida parecía reducida a esta nimiedad, a esta patética acción. Aquel hombre había sido alguien, tanto como yo y como cualquier otro. Pensé, también, en sus amigos y allegados. Me dije que la vida, sin más, era perder todas las cosas que pueden ser cuantificadas. En la vida todo se pierde, todo nos deja, todo es de las cosas que no tenemos. ¿Por qué tendría que diferir mi especificidad? Luego acaricié el mármol de mi madre y de Constanza; lloré y quise sólo llorar. Mi madre tenía una fotografía de nosotros cuatro, en algún lugar de las sierras de Córdoba. Constanza tenía adosada una fotografía conmigo, de unos veranos pasados. Sonreí como si estuviesen cerca. Vociferé que las extrañaba. Volvía, una y otra vez, el momento en que las perdí. La aguda conciencia me es y resulta tan cierto que la conciencia nos separó. Que me suceda la vida es lo que difiere ahora en nosotros, pensaba. Cuánto quema sustentar una vida mental. Entendí que tendría que sufrir. Sentí sólo el hecho de ocupar ese espacio y sentí mis palabras; sentí que estaba modificando la esencia de todos los muertos, que había cometido el acto irreparable de agregar un acontecimiento más a la muerte: a la muerte de mi madre, de Constanza, de Rafael Ferreyra, de todos los que incluía mi presencia. Razoné que hablarle a los muertos es la tácita convicción de la melancolía. Acaricié las placas y salí por las escaleras. Ya en los mausoleos distinguí el ocaso inconcebiblemente rojo. A pesar de mi congoja noté que somos afortunadamente heridos por la belleza en cualquier momento del día. Estamos condenados a ella. Aunque nos encontremos en la prisión de este caos, la belleza, lo que es hermoso, intenta ser eterno. Pude intuir que no había nada humano que alcance construir la melancolía de ese paisaje, pero esa melancolía, en sí, era percibida con ojos humanos. La nostalgia es una compensación de lo que no podemos traducir en arte. Esa nostalgia es algo que no debemos perder; es una dulzura que debe prometernos algo. Para darme ánimos me dije que la tristeza tiene un matiz más digno y preciso que la inestable felicidad. De cierta manera me alivió saber que ellas ya no sufrían, que el azar me hacía padecer el sufrimiento a mí y no a cualquier otro ser querido.
Recordé la sentencia de Homero donde ha revelado a las Almas como imágenes de los difuntos. Pero todo seguía siendo trabajosamente terrenal. Allí supe que los actos de los hombres no significan nada ¿Qué importan los deseos de los hombres para lo sideral? ¿En qué le inciden a los astros que yo sea infeliz? ¿Qué tan relevantes somos los seres vivos y muertos para el universo? ¿Qué importan las angustias de un individuo sudamericano al que le han pasado todas estas cosas terribles sólo para los sentimientos de los hombres? ¿Qué importa que existan la geometría, la desidia, el amor, la calle Pasteur, el río Rin, Tomaso Albinoni, las conquistas de los Vikings, Omar Khayyam, aquel sublime ocaso en la Chacarita, Robert Capa, el día de hoy? Lo sideral ayuda a atenuar todo esto que somos. Lo sideral es mucho más primordial y notable que nosotros, efímera cosa temporal.
Aquellas plétoras no escasearon, pero de nada sirvió. Llegado el día, bruscamente me decidí. Llegado el día me supe muerto. En el tercer cajón a mi derecha estaría esperándome el revólver. Lo agarré, lo sopesé y lo saturé de balas. Ningún error iba a permitirme esta desdicha. Los escalones me agotaron y vi que el revólver tambaleaba. Afuera vi un sol normal y pensé en que quizá nadie escucharía el disparo. Pensé que esos cables, esos colores, esos pájaros, serían los últimos de mi vida. Me senté en una silla y me lo acerqué a la cabeza. Cerré los ojos, esperé unos segundos; el dedo comenzó a presionar el gatillo y abrí los ojos involuntariamente. A mi izquierda, una extensa mancha en la pared abrumó mi visión. Una uniforme salpicadura roja estaba impregnada en la parte inferior de la pared. Me acerqué, vacilante. Sin dudas era sangre. Revisé el revólver y estaba completamente cargado. Me miré al espejo y en vano busqué heridas. ¿Me maté y no me di cuenta? ¿Esto es la muerte? Estaba extraviado. La pared rezumaba sangre; la toqué y puedo dar testimonios de que nunca antes había existido. La perplejidad aminoró el coraje que me había conducido al arma. Consideré que era una situación nefanda tener sangre en estas paredes, las cuales contienen las vibraciones de los ecos de la voz de Constanza. Así intenté limpiarla y fracasé incontables veces. Me sentí extraño, me pareció no palpar las cosas de una forma real, sino experimentando secuencias de imágenes de algo. Me intimidaba ese rojo, esa abolición de un universo lógico.
Cuando nos damos cuenta de un milagro es cuando quizá comienza a declinar el milagro. Un amigo vino a corroborar mi historia. La sangre desapareció mientras yo me demoré en la puerta. No podía creerlo. La incomodidad no importó.
El tres de marzo, esa noche, me soñé ante una angosta vereda, donde a los pocos metros unos desconocidos me llevaban urgentemente a un lugar que no quería ir. Aún apuñalándolos –de repente tuve un cuchillo – no pude librarme. Ahora un largo pasillo daba a una sala de operaciones. Me habían conducido allí con la obligación de identificar un cadáver decapitado. Luego todo se difuminó y soñé a Constanza. La soñé con una exactitud intolerable. Todo era delicado, claro y necesario. Nos encontrábamos en un círculo de amigos cuando ella dijo que la lluvia unía a las personas. Rozaba mi mano. Ahí desperté, devastado. En el piso, una línea delgada y roja me llamó la atención. Para mi desconcierto, tardé en confirmar que se trataba de una vena humana. Las ramificaciones no eran extensas, pero sí el tronco, que llegaba hasta un espejo. Petrificado vi escrito con una sangre débil en la superficie:

LA LLUVIA UNE A LAS PERSONAS.

Unas manos frías rodearon mis hombros y era su voz: mi amor, volví. Repentinamente volteé y no había nada. Huí de la habitación lo antes posible. Abajo, aparentemente, perdí toda noción de tiempo. Las puertas estaban encerrojadas. Pedí ayuda con todas mis fuerzas y nadie vino. El teléfono no funcionaba. Rompí los vidrios pero no pude escapar por los barrotes de hierro. Los segundos se sucedieron como años. No dejaba de recurrir a que aquella similitud acentuaba y avalaba que todo esto significara un sueño. Traté de calmarme y respirar. Parapetado desde donde estaba, comencé a ver estrepitosos raudales de sangre invadir las escaleras y luego el suelo. El rojo río se acumulaba y descendía como agua. Mi reflejo en un ventanal me reveló un profuso corte en la sien. La boca me ardía. Me miré en el reflejo y pude constatar que era la misma herida que había sufrido Constanza. Tanta sangre me abatió y sentí irme relajando mientras me cubría la herida. Tenía frío, todo iba perdiendo consistencia. Cada vez más lento me fue desapareciendo la forma de percibir el mundo. Los ojos se me terminaron de cerrar.
De algún modo recóndito supe que no estaba muerto. A partir de ahí tuve una serie de pesadillas que no relataré, dado que exceden cualquier parámetro prudencial. De los sueños o ensueños que siguieron, temí que fueran de naturaleza fatídica, pero nada de eso sucedió. Bradbury dijo que el hombre vive de símbolos y signos, y no es menos probable que también puedan regirse así los sueños. No puedo describir lo acaecido en aquellos que tuve, y he optado por transcribir mi traducción correspondiente al comienzo del segundo capítulo encerrado en Some structures of dreams de Thomas Harkey:
“En los sueños, las formas, los contornos de los cuerpos, de los objetos y de los paisajes, son simbólicos y no están subordinados el uno al otro, es decir, contienen total autonomía para con los otros. Los símbolos en el estado Theta o Delta convergen entre sí y eso les confiere sentido o propósito. Creo que nunca podríamos descifrar una serie de símbolos, análogos a los de los sueños, en estado de vigilia. Sospecho que no hay cuerpos concretos en los sueños o en los estados de letargo, sino símbolos que no son justificados por ellos mismos, pero que trascienden significativamente mediante la interpretación. Quizás en los sueños no existan imágenes sino símbolos que interpretamos como imágenes.”
No he encontrado nada más afín a este párrafo. La cadena de imágenes (o esqueleto de imágenes) me ha revelado quizá el problema esencial de los sueños: a los objetos como arquetipos predeterminados que adquieren una diferenciación a través de ser observados por un soñador. Había una particularidad en esa representación. Cada espacio físico, cada lugar y cada matiz era matemáticamente infinito. Ahí laboriosamente desperté y recuerdo haber sentido una presencia a mis pies. La densidad y el terror eran parejamente reales. Ni una gota de sangre alrededor mío. Me alejé hasta donde mi fragilidad me lo permitió y fue entonces cuando escuché los gritos y lamentos más espantosos e intolerables que he escuchado en mi vida. Supe que aquellas vociferaciones provenían de arriba y en ellos entendí el ultrajante sufrimiento de una mujer. En ese ruido ya no había algo, conformaba otras características. No cesaban; palidecí. Las luces comenzaron a debilitarse y luego estallaron, enloquecido el vidrio. Involuntariamente comencé a subir las escaleras. Mi cuerpo gastado las subía mientras se escuchaba el ímpetu de esa monótona queja en toda la casa. La oscuridad era total, y junto a las pesadillas, fue propicia para facilitar la tensión muscular. El corazón se aceleró cada vez más. Al llegar, aquel sonido se calmó y sólo murmuraba. El hedor nauseabundo del dormitorio me produjo una serie de violentas arcadas. El silencio y la oscuridad me forzaron a tantear las paredes. Luego inexplicablemente las lámparas se encendieron, reconstruidas, y vi eso. Una desmembrada figura humana en posición fetal, contra un rincón, de espaldas a mí. Se movía levemente,  musitaba. Sentí que este sería mi fin. Me le acerqué, paso a paso. Estiré mi mano y me temblaba. Despacio mi mano tocó su hombro y lo di vuelta. La cara desfigurada, cetrina y muerta era mi cara.







Alan Crispo, La muerte
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domingo, 12 de febrero de 2017

POSESIÓN DEL TIEMPO 

A Alejandro Camino

Ahora me es dado recordar el episodio: la sentencia “todas las memorias serán parte de un solo olvido” rezaba en el terceto de un poema (cuyo autor y cuya patria pertenecen a Dinamarca) del primer y último libro que abrí, sin elección previa ni detenida,  en una modesta librería ubicada en Florida y Tucumán. Sentí la inmediata propagación de una magia, de una confluencia. Creo sospechar que habré ocupado minutos en recorrer cada una de sus letras sin releerlas. Constaté, con grave desconcierto, que la primer y única edición del volumen databa de hacía pocos meses.  Fue aún peor el saber que se trataba de su ópera prima. Recuperé mi compostura y lo abandoné a  un lado con la resignación suficiente para no volver a alcanzarlo jamás. No reparé si la frase se permitía ser lo suficientemente significativa o si correspondía a una momentánea nimiedad. Eso no interesaba. Probablemente en mi juventud como lector –y ensayista, digamos determinista, hubiera atribuido ese incidente a las circunstancias del fortuito, del imponderable azar. Pero todo ha cambiado, tal lo hacen las modificaciones de la hojarasca o el agua mezclándose en el agua, porque las vicisitudes de los procesos mentales, de experimentar las cosas,  no fueron piadosas con la doctrina. He atravesado poco más de medio siglo siendo parte del tiempo, de la sucesión, para sólo sentir ahora que las coincidencias no son, sino, una forma del hábito irreproducible del universo, y que eternizan un abrumador orden secreto vedado a todos nosotros. Inminente fue haber recordado la cadencia cabal de las líneas; inminente fue esa librería; inminente fue abrir aquel libro cualquiera, y al cabo de pocos segundos, inminente fue el roce de mis ojos con  las mismas palabras que pronunció don Rafael Ferreyra aquella noche, ya lejana en la urdimbre del ayer. 
Dejé atrás la calle Florida con su local, pero no sin mi estupor, y me dirigí hacia Plaza Lavalle. A decir verdad me sentí pesimista. Quise persuadirme recurriendo al decreto de que los recuerdos más significativos son el resultado de ser consciente de una experiencia meramente casual y no causal, y que si recordaba aquella línea por el resto de mi vida, se debía a una operación involuntaria. Recordaría sin error su tipografía y la esencia causada en mi percepción por su tipografía, sólo por una construcción del destino; la deducción era harto económica, pero así podría olvidar la cuita con el consuelo de  saber que el hecho era inevitable. Ya estaba anocheciendo y en ese momento me vi distinguir la luna, separándola del cielo. Presentí que a lo largo de mis días, aquel disco había sido enriquecido por mis dichas y mis amarguras. Es la presencia del primer hombre, pensé y luego agregué: es posible que lo sea también de toda mi vida. No faltaba demasiado para que la primera estrella apareciera. En el decurso de las cuadras, me habré visto reflejado en alguna parte, porque comencé a objetarme sobre el tiempo. Hubiese sido insensato no pensar en el distinto río de Heráclito donde nada regresa ¿Por qué no soy otra persona que ciertamente no soy yo? ¿Qué me hace ser quien soy y haber convivido con mi pasado? ¿Por qué ahora mismo soy, y ahora mismo también? ¿Por qué todo esto no podría ser o significar simplemente un sueño? Un sueño no menos extraño que los de Kafka o los febriles. Un sueño donde existen los edificios y las venas con su sangre; las fotografías; el idioma japonés; las paredes, los cables y el metal. ¿Por qué todo esto no podría corresponder a un sueño donde yo postulo que todo esto podría corresponder a un sueño? Recordé bruscamente la niñez, donde las generosidades de la inocencia me eran concedidas sin esfuerzo. Ahora puedo decir que tengo miedo porque la realidad se ha tornado cuestionable. Difícil empresa la de no incurrir en la consideración del solipsismo. Me hallé ligeramente anegado a las cosas, comencé a padecer una copiosa debilidad empírica, como si algo me hiciese sentir que siento huesos, y por ende, que siento un ilusorio contacto con el suelo: ser una forma indirecta para con la realidad. Todo estaba ocurriendo demasiado rápido y vi patios y escaleras sin nadie. Quizá el tiempo sea la coexistencia de todas las oportunidades posibles confluidas, me dije. Quién sabe si en un solo instante de la vida no se encuentran todas las eternidades, todos los infinitos y todos los universos. Me supe absolutamente incapaz de refutar la idea. Cada uno de los instantes de la vida podrían contener esa compaginación de eternidades, infinitos y universos resumidos, y que todo eso esté expresado en cosas, sentimientos y captaciones sensoriales; es decir, que las experiencias podrían no ser experiencias, y los objetos podrían no ser objetos, sino una incalculable convergencia de algo que no se puede reconocer mediante sentidos, debido a que estos no existirían. Me acerqué a un banco de la plaza y me senté. Habrán habido pájaros que dividieron algunas nubes, pero el crepúsculo era límpido. Mi vanidoso e innecesario discurso me había conducido al hastío. De algún modo sabía que necesitaba la soledad para justificar mi nostalgia y sentí ir urdiendo los recuerdos. 
En ese entonces, unos veintitantos años distaban del relato que me  refirió don Rafael Ferreyra. Un catorce, quince o dieciséis de enero de 1934 fue el encuentro. Semanas antes estuve veraneando en Concordia con un primo lejano que había conocido hace poco, y que recientemente se había doctorado en Leyes. Nos abordábamos con imitado recelo, como se abordan las personas que recién se conocen. El correr del acostumbramiento suavizó las conductas y nos solidarizamos con la convivencia. No pasó mucho tiempo para que me contara las menudencias cotidianas de la localidad; un compadrito que debía varias muertes y que había desaparecido por completo; el nombre de alguna calle que había sido reemplazado; una vez que llovió por más de dos días seguidos. Sé que no olvidaré nunca la dulzura de cierto ocaso y sintiendo la otra margen del río como íntima, recóndita y conjetural.  
Pocos días antes de volver a Buenos Aires, recibí una carta de mi hermano, que entre otras trivialidades, decía que nuestro amigo en común (uno de los mejores amigos que he tenido), Leopoldo Ferreyra, lo había visitado mandándome un afectuoso saludo y que esperaba pronto mi regreso debido a que zarparía dentro de poco rumbo a Málaga. Me despedí del pueblo y de su mitología con poco sentimentalismo creyendo que algún día volvería: nunca más he vuelto. Jamás había reparado en que cualquier palabra puede ser la última que comerciemos con alguien. Corremos el ignoto albur de pasar al recuerdo.  En la estación me recibieron la mayor de mis hermanas y mi tía paterna. Ese mismo día en horas de la noche, me telefoneó Leopoldo Ferreyra diciéndome que celebrarían, con una cena, su partida el día sábado o domingo (me arriesgo por el último), en la quinta de su padre en Benavidez y que Quirino, mi hermano, tampoco decline a la invitación. Yo recordaba poco el camino, y el viaje me pareció más duradero de lo que solía ser, pero llegamos bajo las inclemencias del sol del mediodía. Leopoldo nos recibió en la tranquera, algo descuidada.  Un amplio terreno verde nos separaba de la casa, y más allá de la arquitectura humana, se sucedían rigurosas hectáreas de un campo elemental. Adentro yo recordaba en qué lugar estaban situados cada uno de los cuartos, sin embargo, la ubicación del amoblado en mi memoria difería notablemente de la irrevocable disposición que la suplía ahora. Seguían abundando, eso sí, los cuadros, las pinturas, y las esculturas de caballos en sus respectivas paredes y ángulos. Las largas vitrinas contenían medallas que nunca supe de qué eran. Allí conocí a don Rafael Ferreyra, abuelo paterno de Leopoldo. De crecida barba gris, de piel curtida y de buen porte. Usaba una boina de hilo pardo. Era, esencialmente, un estanciero dedicado a la frugalidad. Había tenido una estancia en Loma negra, que luego vendió a un acaudalado terrateniente de Bolívar. Tuvo también, creo, una módica chacra en Pilar. Luego había vivido unos años en Buenos Aires.  
Por fortuna éramos pocos y pude interactuar mucho mejor con mi amigo. Hablamos de su viaje; hablamos sobre el fallido compromiso con su prometida; reímos la tarde entera recordando y parafraseando una broma sin sentido que nos había hecho un desconocido en Luján; me mostró un puñal que le habían obsequiado. Ocupando una mesa que sin duda nos excedía, prolongamos la cena hasta largas horas de la madrugada, bajo uno de los quinchos. A medida que fue despejándose la mesa, quedamos sólo Leopoldo, su abuelo y yo. No recuerdo de dónde se disgregó una anécdota en la cual mencioné un almacén de la calle Ayacucho, donde había visto cómo dos compadritos (que por cierto yo no conocía) se habían matado a cuchilladas. Don Rafael en ese momento me miró como extrañado y me dijo que él también había observado cómo se trenzaron. En ese momento temí la impertinencia de haber exagerado rasgos del relato, ya que ahora no había sido el único testigo. Corroboramos que nos referíamos al mismo día, al mismo almacén, al mismo hecho. Nos ayudamos a detallar la pelea a cuchillo. Juzgo que a Leopoldo pareció no interesarle, porque no lo vi más. Ya solos, don Rafael, como pensado en voz alta, sostuvo que aquella noche había sido la más extraña de las noches que haya tenido jamás y que no sabría explicarme qué le sucedió. Insistí, aunque en su adelanto estaba la sugerencia de la buena predisposición. En su relato, el tinto lo ayudó a ser elocuente y algo pomposo. Admito que me impresionó mucho más por cómo fue contado, que por las peripecias concretas. Su voz era pausada –el alba nos encontró y ligeramente áspera. Ciertas oraciones se han evanescido con el olvido. Sin embargo, pude evocar su naturaleza y las he variado, espero, sin alterar su alcance. Las restantes las rememoro casi con exactitud, sin error, debido a que las he utilizado (y entorpecido) en el capítulo de una novela que no deja de ser un perpetuo borrador. Siento, de todos modos, que lo siguiente será algo subjetivo; nunca supe hasta qué punto diferimos o acertamos con nuestra memoria, y hasta qué punto diferimos o acertamos con la realidad en nuestra memoria. Por otro lado, hasta donde mis limitaciones me lo permitan, haré lo posible para que la redacción no se vea injustificadamente tiznada por mi pobre literatura. Aquí su narración: 
“No lo quiero aburrir con las cavilaciones ociosas de un hombre ya debidamente entrado en años. Esto sólo se lo he contado a un primo, que falleció hace pocos años, pero no me adentré en detalles, no se lo conté como lo trataré de contar ahora. Siempre me reservé las perplejidades. Yo, aquel día, regresaba de un parque el cual nunca supe su nombre. Estaba agotado, no recuerdo por qué.  Ya conocía el almacén de Ayacucho y Viamonte, y si usted recuerda, la barra esa vez no estaba. Haberlo mencionado ahora no significa proveerle prominencia, sino describir un rasgo circunstancial. Pedí una medida de ron. En la mesa donde se ausentaba la barra, dos señores inmutablemente jugaban al ajedrez. Siempre estuve algo sujetado a la austeridad y a la soledad. A lo que voy es que soy de buen tomar. Con esto sabrá que borracho no estuve, porque pude seguir cada movimiento, cada meticuloso riesgo. Al cabo de media hora (que desde luego no noté), seguía ahí. Me inquirí si no me había dormido y si ahora estarían jugando una nueva partida, pero vi y recordé las dos torres blancas muertas. Luego de pocos minutos, miré mi reloj. Ratifiqué con tedio que el reloj había dejado de funcionar. Levanté la mirada nuevamente y pasó. Algunas cosas están fuera del alcance de lo que la sensibilidad humana puede traducir. El lenguaje es un instrumento deficiente. No es una expresión sino una aproximación a la concatenación de sensaciones y actos. Pero sé que la complejidad, como todas las cosas, tiene su mecanismo. En aquel momento la esencia y la estructura del universo se desvirtuaron. Me sentí interpolado  a otro sistema de sonidos, a otro sistema de sintaxis. Me percibí inmediatamente como un espectador pasivo del tiempo y lo concebí como una sucesión infinita dentro de otros tiempos, como parte de una trama inexplicable e inabarcable por cualquier denominación de orden lingüístico. Los cuerpos de los ajedrecistas, las mesas de mi alrededor, los objetos más insignificantes, la percepción tridimensional y las formas irregulares ya no existían; me convertí en un eslabón de una serie infinita de eslabones que abarcaban todos los lugares y completaban un vastísimo círculo. Los eslabones eran innumerables pero yo pude ver (y ser) cada uno de sus contornos; estos significaban La Existencia, en el sentido más literal e inocente de la palabra, y contenían la acumulación del cosmos. Sí, como escuchó. Contenían el cosmos. El círculo giraba y sus partes se perdían sucediéndose entre sí y formando a su vez, las cosas que fueron, que son, que serán y las que nunca podrán ser. Todos los sueños de todas las generaciones de hombres estaban allí; las piedades, las conquistas, el polvo levantado por los malones, los cielos, los astros, las llanuras, las venganzas, todas las ondulaciones en los océanos, las preocupaciones, los eclipses, esta conversación; absolutamente todo cifrado en aquella miscelánea forma de la inteligibilidad. Del todo vano es este catálogo, señor. Sentí que estaba ocurriendo la eternidad. Sentí que estaba ocurriendo una de sus formas, que es el tiempo. Yo ya no era un ser, sino el universo entero. Sentí que todos los momentos de la historia cosmológica eran un solo y único momento; todas las cosas eran lo que sucedían de esas cosas; como, disculpe  la monótona redundancia, si las cosas existiesen en medio de las cosas. Sentí a dios matar a dios y ese dios a otro dios y así interminablemente hasta un oscuro vértigo, todo de un modo inmediato. Sentí que estaba condenado a ese infierno, que nunca cesaría, que nada tendría fin. Sentí todo eso porque también lo fui. 
Aquí se detuvo. Miró, entre los soportes del quincho, el amarillo que se fundaba. Contempló algún resplandor en la copa vacía, quizá sopesando mi reacción. Luego prosiguió con lo último: 
“Ocurrido todo esto, volví en mí, como quien puede volver de ser sentenciado a muerte o como quien vuelve de la muerte. Totalmente desorientado, con un leve temblor de manos, casi no reconozco qué hacía ahí. No sé por qué busqué desesperadamente un espejo. Me vi y admití que todo estaba bien, tal vez para tratar de amainar el agobio. Traté de salir. Cerca del umbral escuché un barullo en los adoquines. Las siluetas en la noche se estaban matando. Vi pocos concurrentes y me acerqué. Yo estaría a unos veinte metros del entrevero. Hice unos pasos; noté que las manos me seguían temblando, pero creí que se debía ya a que alguien iba a morir. Traté de irme, pero involuntariamente me quedé mirando. Pude notar, de un modo muy pobre, que uno lo acostó de una puñalada al otro, cayeron, y que luego ninguno de los dos se levantó. Como usted también ha referido, se mataron mutuamente. He visto muchas muertes, pero ésta era distinta. La muerte no es, sino, simbólica. Nada existe o nada existe hasta que ya haya existido. No podemos morirnos porque todavía no hemos experimentado la muerte. Aquellos dos ya lo sabían, ya habían existido. Esta vez sí me alejé. Luego supe, no sé de quién, que se trataba de un compadre bastante renombrado, y el otro, de un iniciado con vistas a pendenciero. Que el primero haya muerto a manos del compadrito, todos lo vivieron como una injusticia. Ese tal Guidi o Guido merecía una muerte mucho mejor. Algunos aludieron a que lo mejor que pudo haber hecho el compadrito era morir para no cometer la indiscreción de seguir vivo luego de dar muerte a un hombre diestro con el puñal
Ahora volvamos a lo anterior, a la terrible visión. Desde entonces vivo cada uno de los segundos en mí y no dejan de parecerme extremadamente raros. Si bien, como así lo creo, el pensamiento es sentir el tiempo, yo fui el tiempo y sentí  la pasmosa eternidad. Traté de recuperar, con el idioma, una experiencia, lo cual es harto imposible y del todo inútil. De haber dicho una sola palabra ya habría contado mi relato. No hay palabra que no contenga implícita la cifra de todos los hechos de la historia universal. Recorría las calles y persistía el sabor de lo atroz. En ese instante me dije que formar un hecho, por más minúsculo que sea, no era menos terrible que la experiencia que había tenido. Me dije también que ciertamente este universo es el sentido de todo, pero que no es menos desconcertante que una palabra o una letra o que el acto de caminar. Algo se había disipado. Creo que no hay hombre  que alguna vez en su vida no se haya preguntado qué es todo esto, o si esto es real. Yo solía preguntármelo así, pero luego reformulé la pregunta. Ahora en lugar de preguntarme si esto es real o no, comencé a preguntarme: ¿Por qué sería esto real y por qué no lo sería? ¿Por qué tendría que ser real esto? ¿Con qué propósito o por qué no habría propósito? De nada me sirvió. En verdad nunca busqué una respuesta, pero fue la obligatoria herencia de aquella noche. Pero como todo, las cosas se borrarán o ya se borraron. Ya lo verá, todas las memorias serán parte de un solo olvido. 
Releo lo anterior, lo corregí, y lo volví a leer varias veces. Siento que estoy repleto de algunas incurables costumbres. Entreví en su discurso una pequeña inflexión, una reanudación, sin dudas forma lánguida de la repetición. Con esto supuse que no era la primera vez que lo contaba. Era cierto. Nada mayormente significativo ocurrió ese día. Lo despedí a don Rafael, a Leopoldo, a los que seguían desvelados, y nos fuimos con mi hermano alrededor de las ocho de la mañana.  
Sentí la figura de la plaza. Al levantarme del banco, observé las luces de los numerosos y enfilados faroles. Las calles adquirieron una mustia niebla. Las posibilidades de que don Rafael haya leído ese libro, y más precisamente esas líneas, son calculables en cero. Las posibilidades de que don Rafael haya mencionado ese pasaje a alguien, y que ese alguien lo utilice para su poema, me arriesgo a decir (aunque todo sea inescrutable), que también son calculables en cero. Su lectura se reducía felizmente, según él, al Facundo, innumerables coplas de La pampa y revistas dominicales. ¿Cuántas posibilidades caben de que un literato que nunca ha pisado Sudamérica, haya tenido contacto con Ferreyra, o una conversación íntima, o siquiera haberlo conocido 

Las semanas siguientes las he utilizado y gastado en la búsqueda furtiva de su línea genealógica. Lo imposible es bastante endeble en este mundo, es decir, que nada es imposible hasta que es comprobado, pero puedo asegurar que no hubo rastros de ningún mayor Nórdico y Leopoldo me lo confirmó. Consideré todas las eventualidades. He estudiado aquel terceto en Danés; he estudiado meticulosamente su traducción y cada palabra coincidía; he recibido ayuda en el estudio de su traducción y todo también coincidía. Existieron las ocasiones en que creí dar con la tentación de contar a Leopoldo lo acaecido, pero no me atreví. Don Rafael Ferreyra ha dicho intuir el universo, y no es menos válido que yo también lo pueda haber intuido al abrir aquel libro cualquiera.



Alan Crispo, Posesión del tiempo 
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