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domingo, 12 de febrero de 2017

POSESIÓN DEL TIEMPO 

A Constanza Fernández-Salgueiro 

Ahora me es dado recordar el episodio: la sentencia “todas las memorias serán parte de un solo olvido” rezaba en el terceto de un poema (cuyo autor y cuya patria pertenecen a Dinamarca) del primer y último libro que abrí, sin elección previa ni detenida,  en una modesta librería ubicada en Florida y Tucumán. Sentí la inmediata propagación de una magia, de una confluencia. Creo sospechar que habré ocupado minutos en recorrer cada una de sus letras sin releerlas. Constaté, con grave desconcierto, que la primer y única edición del volumen databa de hacía pocos meses.  Fue aún peor el saber que se trataba de su ópera prima. Recuperé mi compostura y lo abandoné a  un lado con la resignación suficiente para no volver a alcanzarlo jamás. No reparé si la frase se permitía ser lo suficientemente significativa o si correspondía a una momentánea nimiedad. Eso no interesaba. Probablemente en mi juventud como lector –y ensayista, digamos determinista, hubiera atribuido ese incidente a las circunstancias del fortuito, del imponderable azar. Pero todo ha cambiado, tal lo hacen las modificaciones de la hojarasca o el agua mezclándose en el agua, porque las vicisitudes de los procesos mentales, de experimentar las cosas,  no fueron piadosas con la doctrina. He atravesado poco más de medio siglo siendo parte del tiempo, de la sucesión, para sólo sentir ahora que las coincidencias no son, sino, una forma del hábito irreproducible del universo, y que eternizan un abrumador orden secreto vedado a todos nosotros. Inminente fue haber recordado la cadencia cabal de las líneas; inminente fue esa librería; inminente fue abrir aquel libro cualquiera, y al cabo de pocos segundos, inminente fue el roce de mis ojos con  las mismas palabras que pronunció don Rafael Ferreyra aquella noche, ya lejana en la urdimbre del ayer. 
Dejé atrás la calle Florida con su local, pero no sin mi estupor, y me dirigí hacia Plaza Lavalle. A decir verdad me sentí pesimista. Quise persuadirme recurriendo al decreto de que los recuerdos más significativos son el resultado de ser consciente de una experiencia meramente casual y no causal, y que si recordaba aquella línea por el resto de mi vida, se debía a una operación involuntaria. Recordaría sin error su tipografía y la esencia causada en mi percepción por su tipografía, sólo por una construcción del destino; la deducción era harto económica, pero así podría olvidar la cuita con el consuelo de  saber que el hecho era inevitable. Ya estaba anocheciendo y en ese momento me vi distinguir la luna, separándola del cielo. Presentí que a lo largo de mis días, aquel disco había sido enriquecido por mis dichas y mis amarguras. Es la presencia del primer hombre, pensé y luego agregué: es posible que lo sea también de toda mi vida. No faltaba demasiado para que la primera estrella apareciera. En el decurso de las cuadras, me habré visto reflejado en alguna parte, porque comencé a objetarme sobre el tiempo. Hubiese sido insensato no pensar en el distinto río de Heráclito donde nada regresa ¿Por qué no soy otra persona que ciertamente no soy yo? ¿Qué me hace ser quien soy y haber convivido con mi pasado? ¿Por qué ahora mismo soy, y ahora mismo también? ¿Por qué todo esto no podría ser o significar simplemente un sueño? Un sueño no menos extraño que los de Kafka o los febriles. Un sueño donde existen los edificios y las venas con su sangre; las fotografías; el idioma japonés; las paredes, los cables y el metal. ¿Por qué todo esto no podría corresponder a un sueño donde yo postulo que todo esto podría corresponder a un sueño? Recordé bruscamente la niñez, donde las generosidades de la inocencia me eran concedidas sin esfuerzo. Ahora puedo decir que tengo miedo porque la realidad se ha tornado cuestionable. Difícil empresa la de no incurrir en la consideración del solipsismo. Me hallé ligeramente anegado a las cosas, comencé a padecer una copiosa debilidad empírica, como si algo me hiciese sentir que siento huesos, y por ende, que siento un ilusorio contacto con el suelo: ser una forma indirecta para con la realidad. Todo estaba ocurriendo demasiado rápido y vi patios y escaleras sin nadie. Quizá el tiempo sea la coexistencia de todas las oportunidades posibles confluidas, me dije. Quién sabe si en un solo instante de la vida no se encuentran todas las eternidades, todos los infinitos y todos los universos. Me supe absolutamente incapaz de refutar la idea. Cada uno de los instantes de la vida podrían contener esa compaginación de eternidades, infinitos y universos resumidos, y que todo eso esté expresado en cosas, sentimientos y captaciones sensoriales; es decir, que las experiencias podrían no ser experiencias, y los objetos podrían no ser objetos, sino una incalculable convergencia de algo que no se puede reconocer mediante sentidos, debido a que estos no existirían. Me acerqué a un banco de la plaza y me senté. Habrán habido pájaros que dividieron algunas nubes, pero el crepúsculo era límpido. Mi vanidoso e innecesario discurso me había conducido al hastío. De algún modo sabía que necesitaba la soledad para justificar mi nostalgia y sentí ir urdiendo los recuerdos. 
En ese entonces, unos veintitantos años distaban del relato que me  refirió don Rafael Ferreyra. Un catorce, quince o dieciséis de enero de 1934 fue el encuentro. Semanas antes estuve veraneando en Concordia con un primo lejano que había conocido hace poco, y que recientemente se había doctorado en Leyes. Nos abordábamos con imitado recelo, como se abordan las personas que recién se conocen. El correr del acostumbramiento suavizó las conductas y nos solidarizamos con la convivencia. No pasó mucho tiempo para que me contara las menudencias cotidianas de la localidad; un compadrito que debía varias muertes y que había desaparecido por completo; el nombre de alguna calle que había sido reemplazado; una vez que llovió por más de dos días seguidos. Sé que no olvidaré nunca la dulzura de cierto ocaso y sintiendo la otra margen del río como íntima, recóndita y conjetural.  
Pocos días antes de volver a Buenos Aires, recibí una carta de mi hermano, que entre otras trivialidades, decía que nuestro amigo en común (uno de los mejores amigos que he tenido), Leopoldo Ferreyra, lo había visitado mandándome un afectuoso saludo y que esperaba pronto mi regreso debido a que zarparía dentro de poco rumbo a Málaga. Me despedí del pueblo y de su mitología con poco sentimentalismo creyendo que algún día volvería: nunca más he vuelto. Jamás había reparado en que cualquier palabra puede ser la última que comerciemos con alguien. Corremos el ignoto albur de pasar al recuerdo.  En la estación me recibieron la mayor de mis hermanas y mi tía paterna. Ese mismo día en horas de la noche, me telefoneó Leopoldo Ferreyra diciéndome que celebrarían, con una cena, su partida el día sábado o domingo (me arriesgo por el último), en la quinta de su padre en Benavidez y que Quirino, mi hermano, tampoco decline a la invitación. Yo recordaba poco el camino, y el viaje me pareció más duradero de lo que solía ser, pero llegamos bajo las inclemencias del sol del mediodía. Leopoldo nos recibió en la tranquera, algo descuidada.  Un amplio terreno verde nos separaba de la casa, y más allá de la arquitectura humana, se sucedían rigurosas hectáreas de un campo elemental. Adentro yo recordaba en qué lugar estaban situados cada uno de los cuartos, sin embargo, la ubicación del amoblado en mi memoria difería notablemente de la irrevocable disposición que la suplía ahora. Seguían abundando, eso sí, los cuadros, las pinturas, y las esculturas de caballos en sus respectivas paredes y ángulos. Las largas vitrinas contenían medallas que nunca supe de qué eran. Allí conocí a don Rafael Ferreyra, abuelo paterno de Leopoldo. De crecida barba gris, de piel curtida y de buen porte. Usaba una boina de hilo pardo. Era, esencialmente, un estanciero dedicado a la frugalidad. Había tenido una estancia en Loma negra, que luego vendió a un acaudalado terrateniente de Bolívar. Tuvo también, creo, una módica chacra en Pilar. Luego había vivido unos años en Buenos Aires.  
Por fortuna éramos pocos y pude interactuar mucho mejor con mi amigo. Hablamos de su viaje; hablamos sobre el fallido compromiso con su prometida; reímos la tarde entera recordando y parafraseando una broma sin sentido que nos había hecho un desconocido en Luján; me mostró un puñal que le habían obsequiado. Ocupando una mesa que sin duda nos excedía, prolongamos la cena hasta largas horas de la madrugada, bajo uno de los quinchos. A medida que fue despejándose la mesa, quedamos sólo Leopoldo, su abuelo y yo. No recuerdo de dónde se disgregó una anécdota en la cual mencioné un almacén de la calle Ayacucho, donde había visto cómo dos compadritos (que por cierto yo no conocía) se habían matado a cuchilladas. Don Rafael en ese momento me miró como extrañado y me dijo que él también había observado cómo se trenzaron. En ese momento temí la impertinencia de haber exagerado rasgos del relato, ya que ahora no había sido el único testigo. Corroboramos que nos referíamos al mismo día, al mismo almacén, al mismo hecho. Nos ayudamos a detallar la pelea a cuchillo. Juzgo que a Leopoldo pareció no interesarle, porque no lo vi más. Ya solos, don Rafael, como pensado en voz alta, sostuvo que aquella noche había sido la más extraña de las noches que haya tenido jamás y que no sabría explicarme qué le sucedió. Insistí, aunque en su adelanto estaba la sugerencia de la buena predisposición. En su relato, el tinto lo ayudó a ser elocuente y algo pomposo. Admito que me impresionó mucho más por cómo fue contado, que por las peripecias concretas. Su voz era pausada –el alba nos encontró y ligeramente áspera. Ciertas oraciones se han evanescido con el olvido. Sin embargo, pude evocar su naturaleza y las he variado, espero, sin alterar su alcance. Las restantes las rememoro casi con exactitud, sin error, debido a que las he utilizado (y entorpecido) en el capítulo de una novela que no deja de ser un perpetuo borrador. Siento, de todos modos, que lo siguiente será algo subjetivo; nunca supe hasta qué punto diferimos o acertamos con nuestra memoria, y hasta qué punto diferimos o acertamos con la realidad en nuestra memoria. Por otro lado, hasta donde mis limitaciones me lo permitan, haré lo posible para que la redacción no se vea injustificadamente tiznada por mi pobre literatura. Aquí su narración: 
“No lo quiero aburrir con las cavilaciones ociosas de un hombre ya debidamente entrado en años. Esto sólo se lo he contado a un primo, que falleció hace pocos años, pero no me adentré en detalles, no se lo conté como lo trataré de contar ahora. Siempre me reservé las perplejidades. Yo, aquel día, regresaba de un parque el cual nunca supe su nombre. Estaba agotado, no recuerdo por qué.  Ya conocía el almacén de Ayacucho y Viamonte, y si usted recuerda, la barra esa vez no estaba. Haberlo mencionado ahora no significa proveerle prominencia, sino describir un rasgo circunstancial. Pedí una medida de ron. En la mesa donde se ausentaba la barra, dos señores inmutablemente jugaban al ajedrez. Siempre estuve algo sujetado a la austeridad y a la soledad. A lo que voy es que soy de buen tomar. Con esto sabrá que borracho no estuve, porque pude seguir cada movimiento, cada meticuloso riesgo. Al cabo de media hora (que desde luego no noté), seguía ahí. Me inquirí si no me había dormido y si ahora estarían jugando una nueva partida, pero vi y recordé las dos torres blancas muertas. Luego de pocos minutos, miré mi reloj. Ratifiqué con tedio que el reloj había dejado de funcionar. Levanté la mirada nuevamente y pasó. Algunas cosas están fuera del alcance de lo que la sensibilidad humana puede traducir. El lenguaje es un instrumento deficiente. No es una expresión sino una aproximación a la concatenación de sensaciones y actos. Pero sé que la complejidad, como todas las cosas, tiene su mecanismo. En aquel momento la esencia y la estructura del universo se desvirtuaron. Me sentí interpolado  a otro sistema de sonidos, a otro sistema de sintaxis. Me percibí inmediatamente como un espectador pasivo del tiempo y lo concebí como una sucesión infinita dentro de otros tiempos, como parte de una trama inexplicable e inabarcable por cualquier denominación de orden lingüístico. Los cuerpos de los ajedrecistas, las mesas de mi alrededor, los objetos más insignificantes, la percepción tridimensional y las formas irregulares ya no existían; me convertí en un eslabón de una serie infinita de eslabones que abarcaban todos los lugares y completaban un vastísimo círculo. Los eslabones eran innumerables pero yo pude ver (y ser) cada uno de sus contornos; estos significaban La Existencia, en el sentido más literal e inocente de la palabra, y contenían la acumulación del cosmos. Sí, como escuchó. Contenían el cosmos. El círculo giraba y sus partes se perdían sucediéndose entre sí y formando a su vez, las cosas que fueron, que son, que serán y las que nunca podrán ser. Todos los sueños de todas las generaciones de hombres estaban allí; las piedades, las conquistas, el polvo levantado por los malones, los cielos, los astros, las llanuras, las venganzas, todas las ondulaciones en los océanos, las preocupaciones, los eclipses, esta conversación; absolutamente todo cifrado en aquella miscelánea forma de la inteligibilidad. Del todo vano es este catálogo, señor. Sentí que estaba ocurriendo la eternidad. Sentí que estaba ocurriendo una de sus formas, que es el tiempo. Yo ya no era un ser, sino el universo entero. Sentí que todos los momentos de la historia cosmológica eran un solo y único momento; todas las cosas eran lo que sucedían de esas cosas; como, disculpe  la monótona redundancia, si las cosas existiesen en medio de las cosas. Sentí a dios matar a dios y ese dios a otro dios y así interminablemente hasta un oscuro vértigo, todo de un modo inmediato. Sentí que estaba condenado a ese infierno, que nunca cesaría, que nada tendría fin. Sentí todo eso porque también lo fui. 
Aquí se detuvo. Miró, entre los soportes del quincho, el amarillo que se fundaba. Contempló algún resplandor en la copa vacía, quizá sopesando mi reacción. Luego prosiguió con lo último: 
“Ocurrido todo esto, volví en mí, como quien puede volver de ser sentenciado a muerte o como quien vuelve de la muerte. Totalmente desorientado, con un leve temblor de manos, casi no reconozco qué hacía ahí. No sé por qué busqué desesperadamente un espejo. Me vi y admití que todo estaba bien, tal vez para tratar de amainar el agobio. Traté de salir. Cerca del umbral escuché un barullo en los adoquines. Las siluetas en la noche se estaban matando. Vi pocos concurrentes y me acerqué. Yo estaría a unos veinte metros del entrevero. Hice unos pasos; noté que las manos me seguían temblando, pero creí que se debía ya a que alguien iba a morir. Traté de irme, pero involuntariamente me quedé mirando. Pude notar, de un modo muy pobre, que uno lo acostó de una puñalada al otro, cayeron, y que luego ninguno de los dos se levantó. Como usted también ha referido, se mataron mutuamente. He visto muchas muertes, pero ésta era distinta. La muerte no es, sino, simbólica. Nada existe o nada existe hasta que ya haya existido. No podemos morirnos porque todavía no hemos experimentado la muerte. Aquellos dos ya lo sabían, ya habían existido. Esta vez sí me alejé. Luego supe, no sé de quién, que se trataba de un compadre bastante renombrado, y el otro, de un iniciado con vistas a pendenciero. Que el primero haya muerto a manos del compadrito, todos lo vivieron como una injusticia. Ese tal Guidi o Guido merecía una muerte mucho mejor. Algunos aludieron a que lo mejor que pudo haber hecho el compadrito era morir para no cometer la indiscreción de seguir vivo luego de dar muerte a un hombre diestro con el puñal
Ahora volvamos a lo anterior, a la terrible visión. Desde entonces vivo cada uno de los segundos en mí y no dejan de parecerme extremadamente raros. Si bien, como así lo creo, el pensamiento es sentir el tiempo, yo fui el tiempo y sentí  la pasmosa eternidad. Traté de recuperar, con el idioma, una experiencia, lo cual es harto imposible y del todo inútil. De haber dicho una sola palabra ya habría contado mi relato. No hay palabra que no contenga implícita la cifra de todos los hechos de la historia universal. Recorría las calles y persistía el sabor de lo atroz. En ese instante me dije que formar un hecho, por más minúsculo que sea, no era menos terrible que la experiencia que había tenido. Me dije también que ciertamente este universo es el sentido de todo, pero que no es menos desconcertante que una palabra o una letra o que el acto de caminar. Algo se había disipado. Creo que no hay hombre  que alguna vez en su vida no se haya preguntado qué es todo esto, o si esto es real. Yo solía preguntármelo así, pero luego reformulé la pregunta. Ahora en lugar de preguntarme si esto es real o no, comencé a preguntarme: ¿Por qué sería esto real y por qué no lo sería? ¿Por qué tendría que ser real esto? ¿Con qué propósito o por qué no habría propósito? De nada me sirvió. En verdad nunca busqué una respuesta, pero fue la obligatoria herencia de aquella noche. Pero como todo, las cosas se borrarán o ya se borraron. Ya lo verá, todas las memorias serán parte de un solo olvido. 
Releo lo anterior, lo corregí, y lo volví a leer varias veces. Siento que estoy repleto de algunas incurables costumbres. Entreví en su discurso una pequeña inflexión, una reanudación, sin dudas forma lánguida de la repetición. Con esto supuse que no era la primera vez que lo contaba. Era cierto. Nada mayormente significativo ocurrió ese día. Lo despedí a don Rafael, a Leopoldo, a los que seguían desvelados, y nos fuimos con mi hermano alrededor de las ocho de la mañana.  
Sentí la figura de la plaza. Al levantarme del banco, observé las luces de los numerosos y enfilados faroles. Las calles adquirieron una mustia niebla. Las posibilidades de que don Rafael haya leído ese libro, y más precisamente esas líneas, son calculables en cero. Las posibilidades de que don Rafael haya mencionado ese pasaje a alguien, y que ese alguien lo utilice para su poema, me arriesgo a decir (aunque todo sea inescrutable), que también son calculables en cero. Su lectura se reducía felizmente, según él, al Facundo, innumerables coplas de La pampa y revistas dominicales. ¿Cuántas posibilidades caben de que un literato que nunca ha pisado Sudamérica, haya tenido contacto con Ferreyra, o una conversación íntima, o siquiera haberlo conocido 

Las semanas siguientes las he utilizado y gastado en la búsqueda furtiva de su línea genealógica. Lo imposible es bastante endeble en este mundo, es decir, que nada es imposible hasta que es comprobado, pero puedo asegurar que no hubo rastros de ningún mayor Nórdico y Leopoldo me lo confirmó. Consideré todas las eventualidades. He estudiado aquel terceto en Danés; he estudiado meticulosamente su traducción y cada palabra coincidía; he recibido ayuda en el estudio de su traducción y todo también coincidía. Existieron las ocasiones en que creí dar con la tentación de contar a Leopoldo lo acaecido, pero no me atreví. Don Rafael Ferreyra ha dicho intuir el universo, y no es menos válido que yo también lo pueda haber intuido al abrir aquel libro cualquiera.



Alan Crispo, Posesión del tiempo 
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